Te echo de menos como nunca (y como siempre). Necesito tu abrazo cálido y esos besos suaves que me devuelven a la realidad cuando empiezo a divagar por mundos más inhóspitos aún que el nuestro.
Después de todo, esto es obviamente amor.
El ser humano es un animal pasional, atormentado, caprichoso, sensible. Se duele, ansía, se corrompe. Lucha y desfallece, comete errores que no admite y llora. Llora sangre, sudor, lágrimas...llora sueños. Y le angustia pensar que la muerte nos sobreviene a todos, guste o no, se desee o se convierta en la quimera aterradora que te persigue en las noches de soledad.
Pero también somos mágicos. Estamos tocados por una chispa de grandeza, somos únicos y capaces de lo mejor y lo más grandioso. Porque en el principio de todo, nos besó una gotita de algo espiritual.
Y cuando esa partícula ínfima, delicada y hermosa aflora, podemos ser libres, omnipresentes y conscientes de todo. Somos entonces una pieza importante de la maravillosa red de vida que es nuestro mundo y es imposible no ser partícipe y consciente, y es imposible no reir y llorar a la vez.
Es la serenidad del ser humano cuando deja de ser terrenal y se sorprende a sí mismo